Noté, cuando iba caminando, que el hombre que iba siguiendo a esa muchacha había desaparecido. Se desvaneció de mi vista como la luz se va de la lámpara al toque de un switch. Impactado por tal acontecimiento, me dirijo hacia donde se encuentra la mujer, y la empiezo a seguir, buscando al místico sujeto que repentinamente privó su imagen de mi vista. Busco por los callejones y las galerías, volviendo mi cara en todas direcciones, tratando de encontrar al señor que seguía a la muchacha desde hace ya varias cuadras.
Sin victoria y muy cerca de la chica, camino un poco mas veloz hasta quedar al lado de ella, con la intención de preguntarle el nombre. Cuando la miro de perfil, noto que ella también se desvanece, y yo me encuentro tres cuadras mas adelante.
En este momento, entendiendo la misma nada de lo que acababa de ocurrir, veo hacia atrás mio, divisando a la chica y el hombre conversando, pasando luego por al lado mio y sin notarme.
Tras ese evento me doy cuenta, era yo sólo el aire que rondaba por la ciudad, y eran aquellas personas solo recuerdos pasados que rondaban por las calles.
jueves, 15 de octubre de 2009
Felicidad amarga
Ser un emisario de la felicidad no ha sido un trabajo fácil en mis años de vida. Es bien interesante, ya que uno de lejos creería que es el trabajo más gratificante que existe. Lo que no se sabe, es la envidia que uno siente por los que uno obra. Claramente uno se alegra, le estás dando felicidad a una persona, estás haciendo que su vida tenga algo de rumbo, estás haciendo que su vida sea algo un poco mas pleno.
No obstante, para un emisario de la felicidad no es fácil ver eso, ver como alguien que se encontraba triste, sin rumbo, gracias a tu ayuda cambia y su sonrisa evoluciona a una de autentica alegría. Es difícil verlos, tras recibir tu gratificante ayuda, marcharse con esa sonrisa y re hacer su vida de una forma mil veces mejor, dejándote atrás, como aquél que usa una servilleta para luego botarla.
Sin embargo, uno como emisario de la felicidad no puede simplemente dejar su trabajo, mas que por la obligación de hacer a la gente feliz, es por la adicción que te da ver esas sonrisas, y por la adicción a encontrar un nuevo caso que ayudar, con la esperanza de que, antes de marcharse, pinte una sonrisa en tu cara.
No obstante, para un emisario de la felicidad no es fácil ver eso, ver como alguien que se encontraba triste, sin rumbo, gracias a tu ayuda cambia y su sonrisa evoluciona a una de autentica alegría. Es difícil verlos, tras recibir tu gratificante ayuda, marcharse con esa sonrisa y re hacer su vida de una forma mil veces mejor, dejándote atrás, como aquél que usa una servilleta para luego botarla.
Sin embargo, uno como emisario de la felicidad no puede simplemente dejar su trabajo, mas que por la obligación de hacer a la gente feliz, es por la adicción que te da ver esas sonrisas, y por la adicción a encontrar un nuevo caso que ayudar, con la esperanza de que, antes de marcharse, pinte una sonrisa en tu cara.
Carta del altazor
Tal es la situación indescriptible por la que pasa el humano, que desde los rincones más lejanos de sus mentes salen ideas, creando enlaces lógicos y a la vez ilógicos. Sufriendo demás por temas intrascendentes, tratando de buscar la real trascendencia y esperando que lo que ellos creen cierto es verdad, cuando en el fondo saben que es sólo una vaga ilusión que alimenta de manera vaga sus ansias de vivir.
Y claro, luego llegas con tus promesas de una vida mejor, de que todo será genial y que la vida no es tan mala. Pintas este hermoso cuadro de un campo verde y un sol que ilumina como no lo había hecho en diez mil años. Escribes los versos más alegres, que llenan de felicidad por breves momentos mi alma, para luego entender que la alegría sentida no era mas que una melancolía oculta, una máscara engañadora que usa el destino para hacerme creer que todo va bien.
Para que los humanos se van por estos temas tan inútiles, temas de tan poca importancia para la universalidad del planeta. Lamentablemente quien los creó, con un deseo caprichoso de verlos sufrir, no entiende qué tanto es lo que pueden llegar a sentir. Aún mal por él, ya que cuando encuentran la verdadera felicidad (y de una forma tan intrascendente, que mi mente no logra comprender), es como que el sol brillara como lo hacía hace diez mil años.
Y claro, luego llegas con tus promesas de una vida mejor, de que todo será genial y que la vida no es tan mala. Pintas este hermoso cuadro de un campo verde y un sol que ilumina como no lo había hecho en diez mil años. Escribes los versos más alegres, que llenan de felicidad por breves momentos mi alma, para luego entender que la alegría sentida no era mas que una melancolía oculta, una máscara engañadora que usa el destino para hacerme creer que todo va bien.
Para que los humanos se van por estos temas tan inútiles, temas de tan poca importancia para la universalidad del planeta. Lamentablemente quien los creó, con un deseo caprichoso de verlos sufrir, no entiende qué tanto es lo que pueden llegar a sentir. Aún mal por él, ya que cuando encuentran la verdadera felicidad (y de una forma tan intrascendente, que mi mente no logra comprender), es como que el sol brillara como lo hacía hace diez mil años.
viernes, 11 de septiembre de 2009
Pub a la medianoche
Era la noche de un sábado cuando conocí a la mujer más hermosa del planeta. Estaba con mis amigos en un Pub cerca del centro de la cuidad. La música sonaba y la gente bailaba. Estábamos conversando sobre temas mundanos y ya casi obsoletos, cuando miro hacia la barra y veo como pasan mil y un sentimientos por mi cabeza al instante de poner mis ojos en la mujer más bella que había visto hasta ahora. Su mirada, profunda como el océano, penetraba mis ojos y llegaba hasta mi alma. Su pelo brillaba mientras se movía sensual y lentamente por sus hombros y su espalda. Su piel morena parecía estar hecha de los más finos cueros angelicales. Sus labios evaporaban dulzura. Mi piel se retorcía y estiraba mientras mis ojos tímidos miraban cada detalle de esa escultura creada por los dioses. Mi frente sudaba tanto como la de un niño jugando en el patio con sus amigos. Mis manos temblaban ansiosamente. Subí el vaso de cerveza lentamente a mi boca mientras me preparaba para levantarme e ir a hablar con ella. Era la primera vez que con tanto atrevimiento iba a hablarle a una mujer. Inspirado por tan magnífica vista, me levanto de mi silla y me encamino hacia ella. En el camino me tropiezo con una pareja ebria que estaba bailando eufóricamente. Sigo caminando hasta llegar donde ella, pero mis labios se cierran y mi corazón late a mil revoluciones por minuto. Paralizado y sin poder entablar conversación, modestamente le enseño mi brazo con la esperanza que acepte bailar conmigo, ella se para y toma mi mano. Nos dirigimos a la pista de baile, donde suena una canción muy alegre. Ella empieza a bailar, moviéndose de una forma enérgica y estrepitosa, mientras que yo, con esfuerzo inútil, le intento seguir el ritmo. Entre baile y baile nuestros labios se miran, nuestros ojos se tocan, nuestras almas se conectan. La tomo por la cintura y de a poco me empiezo a acercar a ella. Sin pensarlo dos veces, ella se acerca y me da el beso más dulce y cariñoso que puede entregarle un ser humano a otro. Me digno a sonreír, alabando este momento tan pleno. Cansados, la llevo a la barra y la miro a los ojos. Le pregunto su nombre, pero ella no me responde. Intrigado por su actitud, la miro nuevamente sólo para darme cuenta que esta paralizada al igual que el resto de la gente en el Pub, como si de la nada mi mente controlara todo el local. Cierro los ojos en esperanza de que todavía esté cuerdo, añorando que todo lo que he visto y sentido haya sido una realidad, pero al abrirlos siento un leve suspiro y me encuentro sentado con mis amigos, bajando el vaso de cerveza desde mis labios hacia la mesa. Miro hacia la barra para ver si todavía estaba la chica más hermosa del planeta, pero ella ya se había ido.
martes, 8 de septiembre de 2009
La vida en un ciclo
Cuando el hombre despertó, mareado y confundido, no se acordaba de nada. Ni de su pasado, ni de su presente. El hombre mira a sus alrededores, solo para darse cuenta que se encontraba en la orilla de un río. Empapado, el hombre trata en vano de secar su ropa, que para asombro de él, le quedan grandes. El hombre luego emprende camino hacia la casa más cercana. El hombre no siente ni felicidad ni tristeza, solo un leve suspiro a melancolía que recorre su mente desde que despertó en esa fría orilla de caudal. Después de un rato, el hombre llega a esa casa, que se encuentra a unos doscientos metros del lugar de reposo del hombre. El hombre toca la puerta, siendo atendido por un grupo de jóvenes de no más de veinticinco años de edad. Lo invitan a entrar, le secan la ropa y le prestan ropas que estaban hechas para un hombre unas dos tallas mayores a él.
- ¿Cuál es tu nombre?- le pregunta uno.
- No lo recuerdo, sólo recuerdo que desperté en la orilla de un río, vi esta casa y vine a pedirles un poco de ayuda- respondió el hombre.
- Bueno, no importa, lo importante es que tomes algo caliente para que no te resfríes - le dice una dulce jovencita al hombre.
Se sientan a conversar, ellos eran seis en total, tres hombres y tres mujeres. De ellos había una sola pareja. La dulce jovencita, el joven que lo atendió y otro un poco más alto que el hombre al parecer se conocían del colegio. Los otros tres (la pareja y el hermano de la jovencita) eran algo más jóvenes que los primeros. Con mucha madurez empezaron a hablar de diversos temas para ver si el hombre recordaba algo, pero éste no reaccionaba, se quedaba con una cara indiferente y sin hablar, como si estuviese paralizado. Ya en vano, los jóvenes divergieron la conversación hacia ellos mismos. Se quedaron un buen rato conversando mientras la cara del hombre sigilosamente se transformaba en llanto, primero suave e imperceptible, para luego convertirse en un sollozo incontrolable. El hombre se para bruscamente y, sin siquiera despedirse, sale corriendo de la casa. El hombre lo había recordado todo. Atormentado por lo que recordó, el hombre sigue corriendo por el frío día nublado. Mientras corre, va recordando el camino a su casa y desesperado el hombre empieza a cruzar el ahora familiar puente. Con el corazón a punto de explotar de tristeza, el hombre se ve repentinamente en la orilla de un puente derrumbado, y sin poder frenar, el hombre se tropieza con el vacío que daba hacia el cuerpo de agua. En la caída el hombre se golpea la cabeza con el borde del puente destruido e inconciente cae al río, cuyo caudal lo arrastra río abajo. Lentamente el río logra depositarlo en una orilla de éste, dejándolo todo empapado y sucio. Pasando el tiempo el hombre recupera de a poco su conciencia, y finalmente cuando el hombre despertó, mareado y confundido, no se acordaba de nada.
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